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Autismo: señales del desarrollo infantil que ameritan consultar a un especialista

El desarrollo infantil no ocurre exactamente al mismo ritmo en todos los niños, pero existen determinadas señales relacionadas con la comunicación, la interacción social y el comportamiento que pueden justificar una evaluación profesional. Identificarlas de manera temprana no significa asumir que un niño tiene autismo, sino abrir la posibilidad de conocer qué está ocurriendo y determinar si necesita apoyo.

El trastorno del espectro autista (TEA) es una condición del neurodesarrollo que influye en la manera en que una persona se comunica, interactúa, aprende y se comporta. Sus manifestaciones pueden aparecer durante los primeros años de vida y no se presentan de la misma manera en todos los niños.

Cuando la comunicación social llama la atención

Una de las áreas que puede generar preocupación es la forma en que el niño responde a las personas que lo rodean. Por ejemplo, puede no responder a su nombre o hacerlo de manera inconsistente, mostrar poco contacto visual, tener dificultades para compartir intereses o emociones con otras personas o parecer menos interesado en la interacción social.

Los CDC señalan como señales que pueden observarse durante los primeros años que un niño no responda a su nombre hacia los 9 meses, utilice pocos o ningún gesto alrededor de los 12 meses o no comparta intereses con otras personas hacia los 15 meses, como mostrar un objeto que le llama la atención. Estas referencias corresponden a hitos del desarrollo y no constituyen por sí mismas un diagnóstico de autismo.

También puede llamar la atención la ausencia o escasez de gestos utilizados para comunicarse, como señalar, saludar, mostrar objetos o utilizar expresiones faciales y movimientos corporales para transmitir lo que quiere. En otros casos, el niño puede tener dificultades para mantener una interacción de ida y vuelta durante una conversación o juego.

El lenguaje no siempre cuenta toda la historia

El desarrollo del habla es otro aspecto que puede generar dudas en las familias. Un niño puede presentar un retraso en la aparición de palabras y, sin embargo, no tener autismo. La diferencia está en que la evaluación del TEA no se centra únicamente en cuántas palabras utiliza el menor, sino también en cómo emplea la comunicación para relacionarse con otras personas.

Por ejemplo, además del lenguaje verbal, los especialistas observan si el niño busca compartir intereses, señala para mostrar algo, responde a otras personas, participa en intercambios comunicativos y utiliza gestos o expresiones con intención social. El NIMH incluye entre las características asociadas al autismo las dificultades en la comunicación social, como responder lentamente o no responder al nombre, compartir con poca frecuencia intereses o emociones y presentar dificultades en la conversación recíproca.

Por eso, un retraso del habla merece valoración por sí mismo y no debe interpretarse automáticamente como autismo. La evaluación permite determinar si se trata de una dificultad específica del lenguaje, de un retraso más amplio del desarrollo o de un patrón que también incluye dificultades en la interacción social y comportamientos restringidos o repetitivos.

Más allá del lenguaje: patrones de juego y comportamiento

Otra parte importante de la observación está relacionada con comportamientos repetitivos o con una marcada necesidad de mantener determinadas rutinas. Algunos niños pueden repetir palabras o frases, alinear objetos, concentrarse especialmente en determinadas partes de los juguetes, repetir movimientos o experimentar malestar ante cambios pequeños en sus actividades habituales.

También pueden aparecer intereses particularmente intensos o restringidos. El NIMH describe, entre otros ejemplos, una atención muy focalizada en temas específicos, números, detalles, objetos en movimiento o partes de objetos.

Estas características deben analizarse dentro del conjunto del desarrollo. Una conducta repetitiva ocasional o un interés intenso por determinado tema no significa por sí solo que exista un trastorno del espectro autista.

Los estímulos también pueden percibirse de otra manera

Algunos niños presentan diferencias en la manera en que responden a estímulos sensoriales. Pueden ser especialmente sensibles a sonidos, luces, determinadas texturas de la ropa, temperaturas u otros estímulos, mientras que otros pueden mostrar una respuesta menor de la esperada ante determinados estímulos.

Estas diferencias pueden hacerse evidentes en situaciones cotidianas: ciertos ruidos pueden resultarles difíciles de tolerar, algunas texturas pueden provocar rechazo o determinados ambientes pueden generar una respuesta que los adultos no esperan.

Hay señales que requieren especial atención

Una de las situaciones que merece una consulta particularmente pronta es cuando un niño pierde habilidades que previamente había adquirido. Esto puede incluir capacidades relacionadas con el lenguaje, la comunicación, la interacción social u otras áreas del desarrollo.

La presencia de una pérdida de habilidades no permite establecer por sí misma un diagnóstico, pero sí constituye una razón para buscar una valoración médica y del desarrollo sin retrasarla.

¿A qué edad pueden aparecer las señales?

El autismo puede identificarse desde edades tempranas. El NIMH señala que, aunque puede diagnosticarse a cualquier edad, se considera un trastorno del desarrollo porque sus características generalmente aparecen durante los primeros dos años de vida.

Los CDC indican que algunas señales pueden detectarse a los 18 meses o incluso antes y que, hacia los 2 años, un diagnóstico realizado por un profesional con experiencia puede considerarse confiable. Además, recomiendan realizar pruebas específicas de detección de autismo durante las visitas de control de los 18 y 24 meses.

Esto no significa que después de esas edades ya no pueda identificarse. Algunos niños son diagnosticados posteriormente, especialmente cuando las características son menos evidentes en los primeros años o las demandas sociales y comunicativas aumentan con la edad.

La evaluación no depende de una sola prueba

No existe un análisis de sangre o una prueba médica única que confirme el autismo. El diagnóstico se realiza mediante la valoración del desarrollo y del comportamiento del niño, junto con la historia proporcionada por los padres o cuidadores y, cuando corresponde, otras evaluaciones.

El pediatra puede iniciar la evaluación y, si existen señales de preocupación, derivar al menor a profesionales con experiencia en desarrollo infantil. Entre los especialistas que pueden participar en una evaluación se encuentran pediatras del desarrollo, neurólogos infantiles, psicólogos infantiles y psiquiatras infantiles.

La evaluación también puede involucrar a otros profesionales, dependiendo de las necesidades del niño, para valorar aspectos como lenguaje, habilidades cognitivas, conducta, aprendizaje, audición o funcionamiento adaptativo.

Intervenir temprano puede marcar una diferencia

Esperar a que las señales desaparezcan por sí solas puede retrasar la posibilidad de recibir apoyo. La identificación temprana permite conocer las necesidades específicas del niño y comenzar las intervenciones correspondientes cuando sean necesarias.

La Academia Americana de Pediatría señala que la identificación e intervención tempranas son importantes para favorecer el desarrollo infantil, mientras que los CDC destacan que cuanto antes se identifica el autismo, antes pueden comenzar los servicios y apoyos correspondientes.

Además, no siempre es necesario esperar a que exista un diagnóstico definitivo para atender un retraso del desarrollo. La AAP recomienda que los niños con retrasos identificados sean derivados a intervención sin esperar necesariamente a completar un diagnóstico de autismo.

Un espectro con diferentes formas de manifestarse

Hablar de señales de autismo no significa esperar que todos los niños presenten el mismo comportamiento. Precisamente se denomina espectro porque existe una amplia variedad de características, necesidades, fortalezas y dificultades.

Algunos niños pueden tener importantes dificultades para comunicarse y relacionarse, mientras otros pueden desarrollar lenguaje y determinadas habilidades con mayor facilidad, pero presentar dificultades más sutiles en la interacción social, conductas repetitivas, intereses muy restringidos o diferencias sensoriales.

Por esta razón, una señal aislada no debe utilizarse para etiquetar a un niño. Lo importante es observar la evolución de su desarrollo, prestar atención a cambios o dificultades persistentes y consultar con un profesional cuando exista preocupación. Una evaluación oportuna permite distinguir entre las distintas causas posibles y determinar qué tipo de apoyo necesita cada menor.

Fuente

Salud

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